Voy caminando por la calle y veo a una mujer a lo lejos, le grito: “¡Puta!”. Todo el mundo gira su cabeza, asombrados, hacia mí. Me miran con desprecio, como creyéndose superiores a mí. Ellos piensan que soy un loco y no les falta razón, pero puntualizo: soy un loco haciendo una pequeña prueba.

Todas las mujeres que escucharon el “¡Puta!” —excepto a la que se lo llamé realmente– giraron su cabeza hacia mí. Podrían ser morbosas. Podrían ser amantes de las revistas del corazón. Lo que yo creo que pensaron es que me dirigía a ellas.

putas

Qué ofensa que te llamen puta. Yo no soy una puta. No te atrevas a compararme con ellas. —decían algunas–

Pero queridas —les dije– si una puta o prostituta es una mujer que ejerce un tipo de profesión distinto al vuestro y que en algunos casos vive mejor que una reina. No os ofendáis, son mujeres, como vosotras. —les aseguré.

Os prometo que si a mí me llamarán puto, golfo o algo parecido me daría lo mismo. Y si llamarán puta a mi madre ignoraría a esa persona. No tengo quince años como para picarme como un mocoso estúpido.

Os lo explico claro y con ejemplos: Si tú llamas a una persona por su nombre gira su cabeza, es automático. Si tú llamas puta a una mujer nadie gira la cabeza a no ser que se de por aludida. Conclusión: son putas.

Son putas porque sus chochos disfrutan.

El otro día estuve llamando putas a todas las mujeres que pude, el 80% de ellas se ofendió pero eran mujeres de la calle, que para pensar necesitan ver un anuncio de pobreza en el mundo, sentirse obligadas a hacer algo bonito.

El 20% de mujeres restantes no se ofendieron. Ellas son inteligentes. Su inteligencia se mide así: yo no me ofendo porque no me doy por aludida. Puta será tu madre —me dicen– yo no. Y se ríen de ti.

Olé por ser así. Olé por ellas.

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